El 8 de noviembre de 2011 se acercará a nuestro planeta una colosal roca de 400 metros, el doble de grande de lo que se creía. Un telescopio le sigue la pista.
Un asteroide cercano a la Tierra llamado 2005 YU55 -incluido en la lista de las rocas espaciales potencialmente peligrosas para la Tierra- ha sido observado por el Telescopio Arecibo de Puerto Rico el pasado 19 de abril, cuando estaba alrededor de 1,5 millones de millas de la Tierra, seis veces la distancia de nuestro planeta a la Luna, según ha explicado Michael Nolan, director del observatorio. Ha sido una oportunidad única de ver la cara a esta amenaza espacial, ya que tiene un brillo muy débil y es muy difícil de detectar.
El asteroide, descubierto en 2005, mide 400 metros y un cuarto de milla de longitud, aproximadamente el doble de grande de lo que se había estimado previamente. El objeto se encuentra en la lista de asteroides potencialmente peligrosos mantenida por el Minor Planet Center, del centro de astrofísica Harvard-Smithsonian en Cambrigde.
Sin embargo, la roca no resulta tan peligrosa para la NASA. Los astrónomos consideran que no hay posibilidad de impacto contra la Tierra en los próximos cien años, por la que la retiró de sus archivos de riesgo mantenidos por su programa de vigilancia de objetos cercanos a la Tierra (NEOS, por sus siglas en inglés) del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL). Ahora es un momento perfecto para conocer con más exactitud su posición y poder ajustar sus cálculos orbitales, para asegurarnos de que no se producirá un desagradable encuentro en el futuro.
Después de rodear el Sol, 2005 YU55 se aproximará a tan sólo 304.730 kilómetros de la Tierra el próximo 8 de noviembre de 2011, lo que significa que pasará entre nosotros y la Luna, una de las aproximaciones más cercanas de cuantas estén previstas para un futuro próximo. En esa ocasión, según los astrónomos, no habrá riesgo de colisión. El presidente norteamericano, Barack Obama, ha propuesto que la iniciativa de la NASA para detectar asteroides incremente su presupuesto de 3,7 millones de dólares en 2009 a 20,3 millones en 2011, lo que indica la preocupación del gobierno estadounidense por estos peligros llegados del espacio.
La imagen del asteroide obtenida el 22 de abril/ Michael C.Nolan
"A veces pienso que la prueba más creible de que exista vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactar con nosotros" (Bill Watterson)
lunes, 31 de octubre de 2011
Últimas notcias sobre el universo - abc.es
Existió otro universo anterior al que conocemos y era plano: recientes investigaciones de prestigiosos científicos trastocan lo que creíamos saber sobre el Cosmos.
Dos investigaciones diferentes que han visto la luz durante los últimos días podrían llegar a cambiar mucho de lo que sabemos, o creemos saber, sobre el universo en que vivimos. El primero, firmado por el británico Roger Penrose, uno de los físicos más brillantes de nuestro tiempo, cuestiona la idea generalizada de que no puede haber un "antes" del Big Bang, ya que los mismos espacio y tiempo se crearon, igual que la materia, durante aquella gran explosión primigenia. Penrose, de hecho, asegura haber encontrado indicios de otro universo anterior al actual. Lo que convertiría al nuestro en una simple etapa (que Penrose llama "eón") de un universo que se crea y se destruye cíclicamente, resurgiendo cada vez de sus propias cenizas con un nuevo Big Bang.
El segundo estudio, publicado en Nature y realizado por Christian Marinoni y Adeline Buzzi, dos físicos de la Universidad de Provence, en Francia, vuelve a poner sobre el tapete la teoría del universo plano, y encuentra en una vieja idea de Albert Einstein, desechada por el físico alemán al considerarla errónea, una posible "llave" para comprender la energía oscura, la misteriosa fuerza antigravitatoria que parece ser la responsable de que la expansión del universo se esté acelerando. Si ambas teorías se demuestran correctas, podrían desencadenar una nueva revolución en Cosmología, y dar un vuelco a nuestra comprensión del mundo que nos rodea.
Según la teoría dominante en la actualidad, el universo en que vivimos se originó hace 13.700 millones de años a partir de un único punto de densidad infinita, del que surgió, en forma de Big Bang, la realidad que conocemos. Durante sus primeros instantes de existencia, el universo era una ardiente sopa de partículas libres (no asociadas en átomos), a miles de millones de grados de temperatura (unas condiciones, por cierto, que acaban de ser reproducidas con éxito en el LHC, el gran acelerador de partículas de 27 km de diámetro que hay en la frontera franco suiza) y en rápida expansión. Al ir el universo expandiéndose, y por lo tanto enfriándose, las partículas pudieron dar lugar a los primeros átomos simples (hidrógeno), que mucho tiempo después la gravedad se encargaría de unir para formar las primeras estrellas y galaxias.
Nuestro destino final
¿Cómo empezó todo? ¿Y cómo evolucionó? Nunca la Ciencia se ha acercado más a las respuestas que ahora. Sin embargo, quedan numerosas cuestiones pendientes, y los investigadores exploran con cuidado cualquier posibilidad, por disparatada que parezca, que pueda aportar una pieza más al rompecabezas. Una de las cuestiones más acuciantes es la de averiguar por qué el ritmo de expansión original no solo no se ha ralentizado desde el Big Bang, sino que se sigue acelerando.
Desde hace décadas se ha venido debatiendo sobre cuál será el destino final del universo. Para llegar a la conclusión de que eso es algo que depende, en gran medida, de la cantidad de masa que contenga. Si la masa total del universo es suficiente para que la fuerza de la gravedad (que es mayor cuanta más masa hay) venza a la fuerza original de expansión, entonces el universo terminará por detenerse, e incluso empezará un proceso de contracción que podría llevarle al colapso (en un evento contrario al Big Bang que los cosmólogos llaman Big Crunch). Pero si la masa total no es suficiente, entonces nada podrá detener la expansión, y el universo se hará cada vez más grande, con su materia cada vez más dispersa, para terminar siendo un enorme y negro vacío cuando se apague hasta la última de las estrellas.
En su afán por medir la masa total del universo, sin embargo, la Ciencia se ha encontrado con varias sorpresas. La primera es que la materia ordinaria, la que brilla y forma las galaxias, las estrellas y los planetas, apenas constituye un 4% del total de la masa del universo, absolutamente insuficiente para frenar la expansión. Otro 22% corresponde a "otro tipo" de materia, una que no puede ser detectada directamente por nuestros instrumentos porque no emite luz ni ninguna otra clase de radiación. Se la conoce como "materia oscura" precisamente por eso. Sabemos que está ahí (por los efectos gravitatorios que produce en la materia ordinaria), pero nadie ha podido verla jamás.
¿Y el restante 76% ? Los científicos, incapaces de dar una respuesta, acuden al término "energía oscura", una misteriosa fuerza que, actuando en el sentido opuesto de la gravedad, sería la responsable de que el ritmo de expansión universal se siga acelerando.
Rebote de otro universo
Y es aquí precisamente donde encajan las dos investigaciones hechas públicas esta misma semana. Penrose, por su parte, analizando los datos del satélite WMAP (que mide la radiación de microondas que permea el universo entero, los rescoldos del calor del Big Bang), ha encontrado una serie de patrones de distribución (en forma de círculos concéntricos) que podrían explicarse como "atisbos" de otros universos acaecidos antes del Big Bang. Lo cual supondría que el universo que conocemos no es más que una etapa, o rebote, de un universo mucho más viejo que crece y se contrae cíclicamente, surgiendo una y otra vez de múltiples Big Bang. Nosotros estaríamos en medio de una de esas etapas o "eones". Pero en un futuro lejano, el universo volverá, de alguna manera, a tener las condiciones que hicieron posible el Big Bang. Según el físico británico, en esos momentos la geometría del universo será "muy suave" y lineal.
Algo que es tremendamente consistente con el segundo de los estudios publicados esta semana. En efecto, Marinoni y Buzzi han conseguido demostrar, midiendo la distorsión de la luz que nos llega de 500 parejas de galaxias lejanas, que vivimos en un universo plano, y no en uno curvo o incluso esférico, como muchos pensaban. Si ambos están en lo cierto, podríamos estar a punto de desvelar algunas de las cuestiones fundamentales que la Humanidad viene planteándose desde que el rimer hombre alzó la vista hacia el cielo nocturno y se preguntó por lo que estaba viendo.
¿Esférico, curvo o plano?
¿Cuál es exactamente la geometría del universo? ¿Vivimos dentro de una especie de esfera de múltiples dimensiones o se trata más bien de un tejido espaciotemporal que se curva suavemente y sin llegar nunca a cerrarse sobre sí mismo? ¿O puede que incluso no se curve en absoluto y que en realidad habitemos en un universo plano? La cuestión, uno de los mayores interrogantes de la Cosmología, tiene para nosotros implicaciones muy concretas y que van mucho más allá de ser simples cuestiones teóricas. De hecho, la geometría del universo influye de forma decisiva en los objetos que observamos.
En un espacio curvo o esférico, la luz que nos llega de galaxias o estrellas lejanas se deforma durante su largo viaje, de manera que la imagen que vemos no se corresponde con la realidad, sino que está distorsionada. Sería, en cierta medida, igual que mirarnos sobre la superficie de una bola metálica y ver nuestro rostro completamente deformado. En un espacio plano, sin embargo, esa distorsión no existiría y nos permitiría ver los objetos celestes tal y como son.
Por eso, Marinoni y Buzzi decidieron buscar pruebas de esas distorsiones observando 500 parejas de galaxias distantes en órbita la una alrededor de la otra. Usando las magnitudes de las distorsiones observadas, Marinoni y Buzzi fueron trazando la forma que tiene el tejido espacio temporal. Una forma que, según han podido determinar, refuerza la posibilidad de que vivamos en un universo plano.
Dos investigaciones diferentes que han visto la luz durante los últimos días podrían llegar a cambiar mucho de lo que sabemos, o creemos saber, sobre el universo en que vivimos. El primero, firmado por el británico Roger Penrose, uno de los físicos más brillantes de nuestro tiempo, cuestiona la idea generalizada de que no puede haber un "antes" del Big Bang, ya que los mismos espacio y tiempo se crearon, igual que la materia, durante aquella gran explosión primigenia. Penrose, de hecho, asegura haber encontrado indicios de otro universo anterior al actual. Lo que convertiría al nuestro en una simple etapa (que Penrose llama "eón") de un universo que se crea y se destruye cíclicamente, resurgiendo cada vez de sus propias cenizas con un nuevo Big Bang.
El segundo estudio, publicado en Nature y realizado por Christian Marinoni y Adeline Buzzi, dos físicos de la Universidad de Provence, en Francia, vuelve a poner sobre el tapete la teoría del universo plano, y encuentra en una vieja idea de Albert Einstein, desechada por el físico alemán al considerarla errónea, una posible "llave" para comprender la energía oscura, la misteriosa fuerza antigravitatoria que parece ser la responsable de que la expansión del universo se esté acelerando. Si ambas teorías se demuestran correctas, podrían desencadenar una nueva revolución en Cosmología, y dar un vuelco a nuestra comprensión del mundo que nos rodea.
Según la teoría dominante en la actualidad, el universo en que vivimos se originó hace 13.700 millones de años a partir de un único punto de densidad infinita, del que surgió, en forma de Big Bang, la realidad que conocemos. Durante sus primeros instantes de existencia, el universo era una ardiente sopa de partículas libres (no asociadas en átomos), a miles de millones de grados de temperatura (unas condiciones, por cierto, que acaban de ser reproducidas con éxito en el LHC, el gran acelerador de partículas de 27 km de diámetro que hay en la frontera franco suiza) y en rápida expansión. Al ir el universo expandiéndose, y por lo tanto enfriándose, las partículas pudieron dar lugar a los primeros átomos simples (hidrógeno), que mucho tiempo después la gravedad se encargaría de unir para formar las primeras estrellas y galaxias.
Nuestro destino final
¿Cómo empezó todo? ¿Y cómo evolucionó? Nunca la Ciencia se ha acercado más a las respuestas que ahora. Sin embargo, quedan numerosas cuestiones pendientes, y los investigadores exploran con cuidado cualquier posibilidad, por disparatada que parezca, que pueda aportar una pieza más al rompecabezas. Una de las cuestiones más acuciantes es la de averiguar por qué el ritmo de expansión original no solo no se ha ralentizado desde el Big Bang, sino que se sigue acelerando.
Desde hace décadas se ha venido debatiendo sobre cuál será el destino final del universo. Para llegar a la conclusión de que eso es algo que depende, en gran medida, de la cantidad de masa que contenga. Si la masa total del universo es suficiente para que la fuerza de la gravedad (que es mayor cuanta más masa hay) venza a la fuerza original de expansión, entonces el universo terminará por detenerse, e incluso empezará un proceso de contracción que podría llevarle al colapso (en un evento contrario al Big Bang que los cosmólogos llaman Big Crunch). Pero si la masa total no es suficiente, entonces nada podrá detener la expansión, y el universo se hará cada vez más grande, con su materia cada vez más dispersa, para terminar siendo un enorme y negro vacío cuando se apague hasta la última de las estrellas.
En su afán por medir la masa total del universo, sin embargo, la Ciencia se ha encontrado con varias sorpresas. La primera es que la materia ordinaria, la que brilla y forma las galaxias, las estrellas y los planetas, apenas constituye un 4% del total de la masa del universo, absolutamente insuficiente para frenar la expansión. Otro 22% corresponde a "otro tipo" de materia, una que no puede ser detectada directamente por nuestros instrumentos porque no emite luz ni ninguna otra clase de radiación. Se la conoce como "materia oscura" precisamente por eso. Sabemos que está ahí (por los efectos gravitatorios que produce en la materia ordinaria), pero nadie ha podido verla jamás.
¿Y el restante 76% ? Los científicos, incapaces de dar una respuesta, acuden al término "energía oscura", una misteriosa fuerza que, actuando en el sentido opuesto de la gravedad, sería la responsable de que el ritmo de expansión universal se siga acelerando.
Rebote de otro universo
Y es aquí precisamente donde encajan las dos investigaciones hechas públicas esta misma semana. Penrose, por su parte, analizando los datos del satélite WMAP (que mide la radiación de microondas que permea el universo entero, los rescoldos del calor del Big Bang), ha encontrado una serie de patrones de distribución (en forma de círculos concéntricos) que podrían explicarse como "atisbos" de otros universos acaecidos antes del Big Bang. Lo cual supondría que el universo que conocemos no es más que una etapa, o rebote, de un universo mucho más viejo que crece y se contrae cíclicamente, surgiendo una y otra vez de múltiples Big Bang. Nosotros estaríamos en medio de una de esas etapas o "eones". Pero en un futuro lejano, el universo volverá, de alguna manera, a tener las condiciones que hicieron posible el Big Bang. Según el físico británico, en esos momentos la geometría del universo será "muy suave" y lineal.
Algo que es tremendamente consistente con el segundo de los estudios publicados esta semana. En efecto, Marinoni y Buzzi han conseguido demostrar, midiendo la distorsión de la luz que nos llega de 500 parejas de galaxias lejanas, que vivimos en un universo plano, y no en uno curvo o incluso esférico, como muchos pensaban. Si ambos están en lo cierto, podríamos estar a punto de desvelar algunas de las cuestiones fundamentales que la Humanidad viene planteándose desde que el rimer hombre alzó la vista hacia el cielo nocturno y se preguntó por lo que estaba viendo.
¿Esférico, curvo o plano?
¿Cuál es exactamente la geometría del universo? ¿Vivimos dentro de una especie de esfera de múltiples dimensiones o se trata más bien de un tejido espaciotemporal que se curva suavemente y sin llegar nunca a cerrarse sobre sí mismo? ¿O puede que incluso no se curve en absoluto y que en realidad habitemos en un universo plano? La cuestión, uno de los mayores interrogantes de la Cosmología, tiene para nosotros implicaciones muy concretas y que van mucho más allá de ser simples cuestiones teóricas. De hecho, la geometría del universo influye de forma decisiva en los objetos que observamos.
En un espacio curvo o esférico, la luz que nos llega de galaxias o estrellas lejanas se deforma durante su largo viaje, de manera que la imagen que vemos no se corresponde con la realidad, sino que está distorsionada. Sería, en cierta medida, igual que mirarnos sobre la superficie de una bola metálica y ver nuestro rostro completamente deformado. En un espacio plano, sin embargo, esa distorsión no existiría y nos permitiría ver los objetos celestes tal y como son.
Por eso, Marinoni y Buzzi decidieron buscar pruebas de esas distorsiones observando 500 parejas de galaxias distantes en órbita la una alrededor de la otra. Usando las magnitudes de las distorsiones observadas, Marinoni y Buzzi fueron trazando la forma que tiene el tejido espacio temporal. Una forma que, según han podido determinar, refuerza la posibilidad de que vivamos en un universo plano.
lunes, 18 de julio de 2011
Supernovas
Son estrellas de gran masa que terminan su existencia explotando.Una supernova es uno de los fenómenos más terroríficos de la naturaleza. La nebolusidad formada por el material en expansión va a una velocidad de 10000-20000 km/s.
Una muy conocida es la denominada por su forma nebulosa del Cangrejo, en Tauro, supernova que explotó en 1054.
Una muy conocida es la denominada por su forma nebulosa del Cangrejo, en Tauro, supernova que explotó en 1054.
Estrellas dobles
El 70% de las estrellas son dobles o múltiples. Una estrella es doble, también conocida como binaria "visualmente" si la distancia entre los componentes es suficiente para que se vean como cuerpos separados. Esta condición se produce raramente, a causa de las enormes distancias que nos separan de las estrellas.
Estrellas fugaces
Los meteoritos pequeños arden, debido a la fricción, en la atmósfera de la Tierra y se convierten en lo que llamamos "estrellas fugaces".
En determinados periodos del año se presentan en cantidades notables: esto se debe a que los cometas, al consumirse, dejan una estela de partículas más o menos grandes que continúan que continúan gravitando entorno al sol y que forman una nube en anillo que atraviesa la Tierra periódicamente. Se dan estonces las lluvias de estrellas fugaces.
Los nombres de las lluvias derivan de las constelaciones en las que se encuentran los puntos radiantes en las que se encuentran los puntos radiantes a partir de los cuales parecen salir las estrellas fugaces.
En determinados periodos del año se presentan en cantidades notables: esto se debe a que los cometas, al consumirse, dejan una estela de partículas más o menos grandes que continúan que continúan gravitando entorno al sol y que forman una nube en anillo que atraviesa la Tierra periódicamente. Se dan estonces las lluvias de estrellas fugaces.
Los nombres de las lluvias derivan de las constelaciones en las que se encuentran los puntos radiantes en las que se encuentran los puntos radiantes a partir de los cuales parecen salir las estrellas fugaces.
domingo, 12 de junio de 2011
Así fue la mayor tormenta del Sistema Solar - www.todonoticia.com
La atmósfera del planeta Saturno se muestra normalmente tranquila y en calma, pero una vez al año -ojo, un año de Saturno son treinta en la Tierra-, cuando la primavera llega al hemisferio norte de este mundo gigantesco, algo se agita profundamente bajo las nubes, provocando una terrible tormenta como jamás hemos experimentado en el planeta azul.
Esto es lo que ocurrió en diciembre de 2010, cuando los instrumentos científicos de la sonda Cassini de la NASA, en órbita alrededor del planeta, y un buen número de astrónomos aficionados detectaron una colosal borrasca que tiempo después alcanzó un tamaño diez veces superior al de la Tierra. Fue tan excepcional, tan grande, que algo ocurrido a 1.400 millones de kilómetros de distancia pudo ser visto con telescopios convencionales.
Ahora, el acontecimiento ha sido estudiado al detalle utilizando la cámara infrarroja del Very Large Telescope (VTL) del Observatorio Europeo Austral (ESO) en unión a las observaciones de la Cassini. Se trata de la sexta de estas tormentas terroríficas descubiertas desde 1876, y la primera en ser estudiada en el infrarrojo termal, para ver las variaciones de temperatura, y en ser observada por una nave en órbita.
«Esta alteración en el hemisferio norte de Saturno ha creado una gigantesca, violenta y compleja erupción de nubes brillantes, que se ha extendido para rodear todo el planeta», explica Leigh Fletcher, de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, autor principal del estudio. En el fondo de las nubes
Por primera vez, los científicos han podido revelar las regiones oscuras de la atmósfera y medir los cambios importantes en las temperaturas y los vientos. La tormenta pudo tener su origen en el fondo de las nubes de agua donde un fenómeno similar al de una tormenta eléctrica impulsó la reacción. Al igual que el aire caliente sube en una habitación climatizada, esta masa de gas se abrió paso en la atmósfera superior de Saturno.
Algunas de las características inesperadas vistas por los científicos son las balizas estratosféricas. Se trata de cambios de temperatura muy fuertes en la estratosfera de Saturno, desde 250 a 300 kilómetros por encima de las nubes de la atmósfera inferior. El resultado, todo un espectáculo.
Esto es lo que ocurrió en diciembre de 2010, cuando los instrumentos científicos de la sonda Cassini de la NASA, en órbita alrededor del planeta, y un buen número de astrónomos aficionados detectaron una colosal borrasca que tiempo después alcanzó un tamaño diez veces superior al de la Tierra. Fue tan excepcional, tan grande, que algo ocurrido a 1.400 millones de kilómetros de distancia pudo ser visto con telescopios convencionales.
Ahora, el acontecimiento ha sido estudiado al detalle utilizando la cámara infrarroja del Very Large Telescope (VTL) del Observatorio Europeo Austral (ESO) en unión a las observaciones de la Cassini. Se trata de la sexta de estas tormentas terroríficas descubiertas desde 1876, y la primera en ser estudiada en el infrarrojo termal, para ver las variaciones de temperatura, y en ser observada por una nave en órbita.
«Esta alteración en el hemisferio norte de Saturno ha creado una gigantesca, violenta y compleja erupción de nubes brillantes, que se ha extendido para rodear todo el planeta», explica Leigh Fletcher, de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, autor principal del estudio. En el fondo de las nubes
Por primera vez, los científicos han podido revelar las regiones oscuras de la atmósfera y medir los cambios importantes en las temperaturas y los vientos. La tormenta pudo tener su origen en el fondo de las nubes de agua donde un fenómeno similar al de una tormenta eléctrica impulsó la reacción. Al igual que el aire caliente sube en una habitación climatizada, esta masa de gas se abrió paso en la atmósfera superior de Saturno.
Algunas de las características inesperadas vistas por los científicos son las balizas estratosféricas. Se trata de cambios de temperatura muy fuertes en la estratosfera de Saturno, desde 250 a 300 kilómetros por encima de las nubes de la atmósfera inferior. El resultado, todo un espectáculo.
miércoles, 8 de junio de 2011
El telescopio espacial Spitzer observa una lluvia de cristales en la nube exterior de una estrella infantil - lanasa.net
Diminutos cristales de un mineral verde llamado olivina se están precipitando como lluvia en una estrella emergente, según las observaciones del Telescopio Espacial Spitzer de la NASA. Es la primera vez que este tipo de cristales ha sido observados en las polvorientas nubes de gas que colapsan alrededor de estrellas en formación. Los astrónomos aún están debatiendo cómo llegaron los cristales hasta allí, pero los culpables más probables son chorros de gas expulsados por la estrella embrionaria.
"Se necesitan temperaturas tan elevadas como las de la lava para hacer estos cristales", dijo Tom Megeath, de la Universidad de Toldeo en Ohio. "Proponemos que los cristales se formaron cerca de la superficie de la estrella en formación, y luego fueron transportados a la nube que la rodea donde las temperaturas son mucho más frías, y finalmente cayeron de nuevo de forma resplandeciente.”
Los detectores infrarrojos de Spitzer descubrieron la lluvia de cristales alrededor de una estrella distante del tamaño del Sol, pero en estado embrionario, denominada HOPS-68, en la constelación de Orión. Los cristales se presentan en forma de forsterita. Pertenecen a la familia olivina de minerales de silicato y se pueden encontrar por todas partes, desde una piedra preciosa a las playas de arena verde de Hawai pasando por las galaxias remotas. La misión Stardust de la NASA y las misiones Deep Impact detectaron estos cristales durante sus estudios de los cometas.
Estos cristales de forsterita ya fueron vistos antes en los discos formadores de planetas que rodean a estrellas jóvenes. El descubrimiento ahora de estos cristales en una nube en torno a una proto-estrella es sorprendente debido a las temperaturas más frías de la nube, de menos 170 grados Celsius. Esto llevó al equipo de astrónomos a especular con que los chorros pueden ser el medio de transporte de los cristales hacia el exterior frío de la nube.
"Se necesitan temperaturas tan elevadas como las de la lava para hacer estos cristales", dijo Tom Megeath, de la Universidad de Toldeo en Ohio. "Proponemos que los cristales se formaron cerca de la superficie de la estrella en formación, y luego fueron transportados a la nube que la rodea donde las temperaturas son mucho más frías, y finalmente cayeron de nuevo de forma resplandeciente.”
Los detectores infrarrojos de Spitzer descubrieron la lluvia de cristales alrededor de una estrella distante del tamaño del Sol, pero en estado embrionario, denominada HOPS-68, en la constelación de Orión. Los cristales se presentan en forma de forsterita. Pertenecen a la familia olivina de minerales de silicato y se pueden encontrar por todas partes, desde una piedra preciosa a las playas de arena verde de Hawai pasando por las galaxias remotas. La misión Stardust de la NASA y las misiones Deep Impact detectaron estos cristales durante sus estudios de los cometas.
Estos cristales de forsterita ya fueron vistos antes en los discos formadores de planetas que rodean a estrellas jóvenes. El descubrimiento ahora de estos cristales en una nube en torno a una proto-estrella es sorprendente debido a las temperaturas más frías de la nube, de menos 170 grados Celsius. Esto llevó al equipo de astrónomos a especular con que los chorros pueden ser el medio de transporte de los cristales hacia el exterior frío de la nube.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






